La introducción del género en España
La tradición folletinesca francesa de las causas célebres – narraciones que relataban crímenes y juicios que habían alcanzado notoriedad social - llegó a España en la segunda mitad del siglo XIX. En esta tradición cabe encuadrar, entre otros relatos españoles, El clavo (1853), de Pedro Antonio de Alarcón, una novela de claros rasgos románticos, que tradicionalmente se ha tenido por la primera novela policiaca española. Salvador Vázquez de Parga nos dice que
El clavo hubiera podido ser la primera novela española policiaca
porque su protagonista descubre un crimen e identifica al culpable, pero sus preocupaciones son totalmente ajenas al crimen, se centran en sus amores imposibles. Sin embargo:
esta idea parece hoy totalmente insostenible por dos motivos básicos: primeramente, porque la narración de Alarcón no pertenece estrictamente al género criminal sino a la tradición de la "cause célebre" y de la novela de crímenes reales; en segundo lugar, porque, de acuerdo hoy todos los críticos en la atribución de la paternidad del género a Edgar A. Poe, resulta bastante difícil de entender que pueda escribirse en 1853 una novela criminal española cuando el primer conocimiento directo del autor norteamericano en nuestro país se produce cinco años después a través de una traducción francesa titulada Histories Extraordinaries". (Salvador Vázquez de Parga, La novela policiaca española).
José F. Colmeiro - La novela policiaca española -, por su parte, con argumentos más pormenorizados, viene a decirnos lo mismo.
Además, considerar El clavo una novela policiaca, haría de ella más un antecedente que una secuela de la novela policiaca clásica, adelantándose, por ejemplo, en más de treinta años a Sherlock Holmes. No olvidemos tampoco que para entonces, como consecuencia de la debilidad de la industrialización, de la burguesía y del desarrollo urbano, España carecía de una policía moderna equiparable a la de Inglaterra o Francia, países de economía capitalista donde se estaba desarrollando la novela policiaca.
Los primeros ejemplos de la literatura criminal inglesa y francesa llegaron también, como las causas célebres, a través de los folletines encuadernables que acompañaban a algunos periódicos y revistas en las últimas décadas del XIX.
Ya en el siglo XX los relatos de Conan Doyle - ¿Sherlock Holmes? - aparecieron a España en 1901 en las páginas de la revista literaria La patria de Cervantes. Antes de 1910 la Editorial Sopena publicó la primera colección literaria española dedicada exclusivamente a la novela policiaca británica: La novela moderna. Pero la colección no tuvo demasiado éxito, no llegó a cumplir un año y desapareció con treinta números publicados. No obstante, Sopena siguió publicando novelas policiacas en otras de sus colecciones. Llegaron también las traducciones - no siempre muy fieles - de las aventuras de los héroes de las colecciones populares extranjeras. El éxito de Holmes en España, coetáneo al del resto de Europa, llevó a la aparición de novelas apócrifas y versiones teatrales de sus aventuras.
En algunas de sus obras, los novelistas más importantes de la época - Pérez Galdós, Baroja, Blasco Ibáñez - se acercaron al crimen, pero no a la novela criminal. Pardo Bazán escribió artículos en La ilustración artística sobre escritores y novelas policiacas extranjeras. También publicó artículos de investigación sobre crímenes de la época. Ello, unido a su interés por el terror y el misterio, fue lo que la llevó a escribir relatos criminales . Fue así Emilia Pardo Bazán la primera escritora española que cultivó el relato policiaco. Lo hizo a partir de 1902 con diversos relatos – El aljofar, De un nido, La cita, Presentido, La cana, Nube de paso, La confianza, En coche cama – de los que el más conocido es La gota de sangre (1911) en el que, al estilo de Conan Doyle, un investigador aficionado, Ignacio Selva, intenta desentrañar racionalmente un crimen cometido en las calles de Madrid. Lo intenta porque es aficionado a las novelas inglesas, pero también porque el asesino prepara una coartada que involucra al protagonista haciéndole aparecer como sospechoso, por lo que éste se ve obligado a actuar como detective para probar su inocencia. Conocida la identidad del criminal, se trata de establecer los móviles y el modo de ejecución del crimen. Un pequeño objeto es la clave de la intriga. Las aventuras de este investigador se continúan en Selva, novela todavía inédita cuyo manuscrito descubrió Benito Varela Jacomé hace ya demasiados años en la Biblioteca de la Academia Gallega.

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