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La novela policiaca clásica

Nació la novela policiaca en el siglo XIX como expresión del positivismo y también “como legitimación de la ideología jurídica burguesa” (Juan Paredes Núñez, La novela policiaca española). Varias circunstancias favorecían, en ese momento, su aparición:

  • el espectacular desarrollo de las ciencias experimentales que demostraba que la razón es capaz de explicarlo todo
  • el amplio público al que estaba llegando, mediante el folletín, la novela popular
  • el crecimiento de las grandes ciudades y con ellas de la criminalidad
  • el nacimiento de los primeros cuerpos de policía (por ejemplo, la London Metropolitan Police se fundó en 1829, y su antecedente, los Bow Street Runners - representados en la imagen -, en 1749)
  • la prensa sensacionalista que convertía los crímenes misteriosos en espectáculo
  • el desarrollo de la criminología como ciencia
En estos inicios de la novela criminal el misterio, obligatoriamente, consistía en un crimen tenebroso narrado y enmarcado de acuerdo a los convencionalismos que entonces dictaba la literatura folletinesca. La deducción lógica, que busca la verdad que resuelva el enigma, se muestra como una aventura en la que el detective aporta seguridad a los lectores.
Tras resolver el enigma que se planteaba en Barnaby Rudge, de Carlos Dickens, Edgard Allan Poe reflexionó sobre cuál debía ser el método a seguir por la investigación analítica. Ésta, concluyó Poe, debía apoyarse en el principio de no contradicción, eliminar todas las soluciones imposibles para formular entonces la única hipótesis necesaria que confirmara la observación, y captar la atención del lector sin distraerla con elementos episódicos que no se refiriesen al caso. Resolvió también que podía comenzar por el final para, a partir de él, establecer una cadena de razonamientos que resolviesen el misterio. Aplicando estas deducciones, Poe escribió en 1841 Los crímenes de la calle Morgue, obra en la que presenta un enigma de "local cerrado"; un lugar en el que el criminal no puede entrar y en el que, sin embargo, consigue matar. Esta obra es tradicionalmente considerada como la iniciadora del género.
Este eficaz método literario de empezar por el final es contrario el método lógico. Pero ni el novelista es un verdadero detective, pues conoce la solución del enigma antes de contar la historia, ni lo es el lector, pues razona a partir de los datos que le ofrece el autor. Además, mientras en la novela policiaca el criminal es inevitablemente descubierto, no siempre lo es en la verdadera investigación policial.
En la evolución posterior del género surgieron dos tendencias. Una, anglosajona, que representan el propio Poe, Conan Doyle, Chesterton, y sus detectives Dupin, Sherlock Holmes y el padre Brown - personajes razonadores, calculadores -, da primacía a la investigación sobre el misterio de manera que la novela evoluciona hacia el jeroglífico, hacia la partida de ajedrez, hacia el juego, convirtiendo la resolución del enigma casi en su razón de ser. Es la “novela-enigma”. La otra, de tradición francesa, representada por Gaboriau, Leblanc o Simenon y sus investigadores Lecocq, Arsenio Lupin y Maigret - de carácter más intuitivo y dado a la acción que los anteriores -, da más importancia al misterio que a la investigación de manera que la novela evoluciona hacia el drama. 
Esta preeminencia del misterio en la novela policiaca francesa se debe, probablemente, a que, cuando el enigma creado por Poe llega a Francia, existe ya en este país una tradición literaria, folletinesca, de casi un siglo, consistente en el relato, más o menos sensacionalista, de famosos procesos judiciales, causas célebres. En estas narraciones se intenta establecer, desde las noticias periodísticas, una hipótesis que explique racionalmente un misterioso crimen realmente sucedido. En esta tradición tiene gran importancia el éxito alcanzado, tras su publicación en 1828, por las Memorias de François Eugène Vidocq, un célebre delincuente que luego, arrepentido, llegó a ser jefe de Policía. De entre las muchas obras que siguieron al éxito de Vidocq cabe destacar, por citar sólo una, Los misterios de París de Eugéne Sue. Por esta misma razón en esta tendencia de la novela policiaca abunda más que en la anglosajona la figura del "ladrón simpático y justiciero que elige sus víctimas entre los adinerados y corruptos" (José R. Valles Calatrava, La novela criminal española). 
En la novela policiaca el misterio es un elemento fundamental que el autor debe conseguir mantener, dosificando la información, hasta el final. Al mismo tiempo, la intriga debe ser racional para así permitir que el lector pueda descubrir al criminal, el cual ha de actuar con una motivación razonable y ha de tener, físicamente, la posibilidad de haber cometido el crimen. Precisamente, es esta racionalización del misterio la que separa la novela policiaca de la de aventuras. En la novela policiaca el razonamiento hace crecer el misterio, pues el miedo del lector se incrementa con su reflexión, con su intento de comprender el enigma, al saber que no puede fiarse de las apariencias y ha de estar alerta.

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